miércoles, 24 de diciembre de 2008

LAS LENGUAS INDIGENAS PERUANAS

Las lenguas indígenas peruanas mas allá del 2000
Una panorámica histórica



Una panorámica histórica

En los momentos de la invasión europea, la situación lingüística del imperio del Tawantinsuyo era bastante más compleja que en la actualidad. Se hablaba numerosas lenguas hoy desaparecidas. Si bien el quechua, el aimara, el puquina y el mochica, desempeñaban un papel articulador que hizo que los españoles las denominaran lenguas generales, paralelamente, coexistían otras lenguas como el culli, el quignam, el uru, el aru central y muchas otras hoy extinguidas, en proceso de extinción o muy contraídas con respecto a sus territorios ancestrales (cf. Torero 1986, 1987, 1989, 1993; Cerrón-Palomino 1987, Mannheim 1991).
La multiplicidad de lenguas era también un reflejo de la multiplicidad étnica. La identidad étnica estaba muy asociada a la lengua y/o a su variedad, al vestido y a otras costumbres (Garcilaso [1609] 1991; Mannheim 1991) . Hoy en día subsisten muchos rasgos de esta diferenciación étnica. Si bien se ha producido un proceso de homogeneización lingüística -bien sea en torno al castellano, al quechua y/o al aimara principalmente- las diferentes variedades usadas por los respectivos hablantes son, todavía hoy, signos de diferenciación evocados por los distintos grupos étnicos.
Es notorio resaltar que entre la población de territorios donde se hablaban lenguas actualmente extintas, las lenguas o variedades habladas hoy en día tienen características que son, al menos parcialmente, reflejo de su herencia lingüística[1]. La lengua uru, hablada al norte y al este del lago Poopo en Bolivia, ha sido aparentemente reemplazada por el quechua, habiéndose formado islas de habla quechua en medio de un territorio aimara (Albó 1995). Las variantes aru habladas en algunas provincias cuzqueñas, puneñas y arequipeñas (Bertonio 1984) han sido sustituidas por hablas quechuas que reflejan un fuerte sustrato aru (Adelaar 1987; Chirinos-Maque 1996:18-19). Las complejas fronteras lingüísticas entre el quechua y el aimara en el Perú y sobre todo en Bolivia son también reflejo de dichas situaciones.

Las identidades étnicas hoy

En el Ecuador es común asociar al grupo indígena que habla quichua como indígenas quichuas, estableciéndose sólo una diferencia entre quichuas de la sierra y la selva. Sin embargo en el Perú dicha asociación -entre lengua y el nombre del grupo indígena- no se da ni entre los indígenas ni entre el resto de la sociedad.
Por otro lado, las diferencias entre indígenas de puna y valle -que están en el origen de la denominación quechua (“qichwa” = valle)- perduran todavía. En Bolivia las zonas de valle suelen ser de habla quechua y las de puna de habla aimara (Albó 1995, Howard-Malverde 1995). Pero aun en zonas enteramente quechuas la identidad étnica de los indígenas de puna y de valle está claramente diferenciada. En las punas del Collao peruano, donde se habla quechua al norte y aimara al sur, podemos hablar de toda una cultura compartida común y de una identidad étnica entre los quechuas y los aimaras[2]. Por el contrario, entre los quechuas de puna y los quechuas de valle, en el mismo Cuzco, hay diferencias culturales mayores.
También subsisten espacios diferenciados. Tarabuco en Bolivia o Chumbivilcas en el Perú tienen peculiares características culturales que responderían a ancestrales diferencias. Si bien es cierto que en el Perú los indígenas se autoidentifican como campesinos -dando una connotación étnica al término- y que en Bolivia se ha empezado a utilizar el término “pueblos originarios” no creemos que dicha autoidentificación llegue a significar la abolición de diferencias étnicas internas asociadas a diferencias históricas y culturales. En muchos casos las diferencias culturales están vinculadas a los distintos pisos ecológicos ocupados[3].
Es significativo que en el Perú las lenguas andinas tengan una persistencia especialmente alta en las zonas de puna (por encima de los 3 800 msnm). Se mantiene aún alta en zonas de valles altoandinos (3 200 a 3 800 msnm). Desciende en los valles templados (2 500 a 2 000 msnm) y tiene una persistencia muy baja en alturas menores: valles andinos de la cuenca marítima y selva alta (una excepción es el quechua hablado en los valles norteños de Lambayeque).

La pobreza extrema y las lenguas andinas

Un factor primordial asociado a la pervivencia actual de las lenguas andinas es la pobreza. La pobreza extrema nos permite entender tanto su pervivencia como -paradójicamente- su retraimiento. En las diez provincias clasificadas como de menor índice de desarrollo de la niñez en el Perú, el 83% de la población tiene una lengua indígena como lengua materna (UNICEF-INEI 1995:34). Situación parecida se da en Bolivia. ¿Quién puede querer seguir hablando la lengua que lo identifica como extremadamente pobre? Es también significativo que tanto en el Perú como Bolivia esas 10 provincias más pobres son de predominio quechua (salvo dos provincias amazónicas, una en cada país). Es decir: ¿a más pobreza, más persistencia de la lengua indígena? o ¿a más persistencia de la lengua indígena más pobreza? La pobreza parece contribuir, en una primera instancia, al mantenimiento alto de la lengua. Pero cuando la población está en perspectiva de salir de la pobreza (migración, comercio creciente, más y mejor escolaridad, etc) entonces parece necesario que las mejoras en el nivel de vida conlleven también abandono de la lengua asociada a la pobreza.

¿Existe correspondencia entre ser indígena y hablar una lengua indígena?

Nuevamente encontramos situaciones diferenciadas. En el Ecuador muy pocos mestizos hablan las lenguas indígenas. Entre los hablantes de lenguas indígenas, la inmensa mayoría es indígena. Sin embargo, muchos indígenas, como ocurre en el norte y centro del Perú, no hablan ya lenguas indígenas.
Una zona con fuerte presencia de hablantes de lengua indígena es también una zona de mayoría de población indígena. Pero no viceversa. Es notorio que en el Cuzco, por ejemplo, existe una importante población que es quechua hablante y que no es indígena. Sin embargo es posible establecer una mayor correspondencia si consideramos a la población que tiene la lengua indígena como lengua materna (Chirinos 1996:345 y ss.).
En países donde el ser indígena no es motivo de admiración sino de marginación es también comprensible que se quiera uno despojar de algunos de los símbolos que les impiden el acceso a una ciudadanía plena.

El caso del quechua

Para 1912, según censo de la época, el Cuzco tenía una población de 19 825 habitantes, “de los cuales más de 10 000 hablaban sólo quechua” (Valcárcel 1981:13). En 1993, el 11,9% de la población entre 5 y 14 años declaraba que el quechua es su lengua materna (INEI 1994a). Podemos suponer que la gran mayoría de quechua hablantes de esta edad eran migrantes recientes al Cuzco. Es decir, los únicos jóvenes que hablan el quechua como lengua materna en la ciudad del Cuzco son los migrantes de zonas rurales.
De manera similar, mientras que en el censo de 1940 la mitad de los peruanos sabía quechua[4], en 1993 encontramos que el 16,6% de la población de 5 años y más declaran tener el quechua como lengua materna.
Puede decirse que las lenguas andinas, quechua y aimara, están en un proceso franco de disminución en el porcentaje de hablantes en relación a la población total. Este proceso se da en forma muy similar en todos los países andinos donde se hablan estas lenguas.
El número total de hablantes, sin embargo sigue siendo bastante alto y tiende a aumentar. En el Perú los que hablan quechua como lengua materna son 3 millones 530 mil (estimado incluyendo a la población de 0 a 4 años). El número de los que saben quechua probablemente supere los 4 millones (estimado nuestro en base al censo INEI de 1993; cf. Cerrón-Palomino 1987). En Bolivia, los que saben quechua (Albó 1995: 18) son 1 millón 806 mil (censado), y más de 2 millones (estimado) incluyendo a la población de 0 a 5 años. Para el Ecuador no tenemos datos censales, si bien se estiman (Cerrón-Palomino 1987:57) en más de dos millones de hablantes. Sumados los hablantes quechuas de los tres países andinos el número de hablantes supera los 8 millones.
Esta última cifra, ya conocida, nos dice poco sobre la situación de las lenguas andinas en estos países. Mayores niveles de análisis son posibles de establecer sobre todo para Perú y Bolivia que cuentan con censos para los años 1993 y 1992 respectivamente. Antes de ello, sin embargo es conveniente una aclaración previa: ¿De qué lenguas estamos tratando? Sobre el aimara no hay mayor discusión respecto a que se trata de una sola lengua, con la excepción del aimara central de Yauyos (Lima). Sobre el quechua hay mayor discusión respecto a si se trata de una lengua o de una familia lingüística. La decisión para establecer si es una lengua o familia de lenguas tiene varios aspectos: el lingüístico (dentro del cual consideramos especialmente las agrupaciones por isoglosas), el socio-cultural (donde consideramos principalmente el grado de intercomprensión entre dialectos y/o variedades; cf. Torero 1974) y el político[5]. El hecho es que a pesar de las diferencias dialectales la mayoría de los hablantes se refieren a su lengua con la denominación común quechua[6]. En ese sentido asumimos que el quechua es una sola lengua con variedades importantes[7]. De los tres países andinos es el Perú donde existe una mayor diversidad dialectal. Estas serían las principales variedades quechuas (cf. Torero 1974; Cerrón-Palomino 1987):
1. El quechua sureño

Hablado en los departamentos de Huancavelica, Ayacucho, Apurímac, Cuzco, Arequipa, Moquegua y Puno en el Perú. También con importante población migrante en la costa y selva (Lima, Ica, Arequipa, Moquegua, Tacna, Madre de Dios y selva central). En Bolivia, hablado en el norte de La Paz, Cochabamba, Potosí y Chuquisaca; y parcialmente en Oruro, con importante migración en Santa Cruz y Tarija. El número de hablantes como lengua materna de esta variedad en el Perú lo estimamos en 2 millones 395 mil. El estimado total[8] de los que hablan (incluyendo a los que lo hablan como segunda lengua) quechua sureño en el Perú supera los 2 millones y medio de hablantes. Sumados a los más de 2 millones de hablantes de Bolivia nos darían un total de casi 5 millones de hablantes en los dos países andinos. Las subvariedades más importantes del quechua sureño son:

1.1. El quechua ayacuchano-chanca. Hablado en los departamentos de Huancavelica, Ayacucho, parte de Apurímac (provincias de Andahuaylas y Chincheros[9]) y las provincias de Caravelí y La Unión en Arequipa. 1 010 650 hablantes maternos, de los cuales alrededor de un 40% serían migrantes en Lima, el Sur Chico, Huancayo y la selva central[10].

1.2. El quechua cuzqueño. Hablado en el departamento del Cuzco (excepto las provincias de Espinar, Canas y parte de Canchis), parte de Apurímac (provincias de Cotabambas y Grau[11]) y parte de Arequipa (provincias de Condesuyos y Castilla)[12] . 706 514 hablantes maternos.

1.3. El quechua collavino. A su vez subdividido en los siguientes grupos:
1.3.1. El quechua collavino peruano y del norte de La Paz. Hablado en las provincias de Espinar, Canas y parte de Canchis en el departamento de Cuzco, en la provincia de Caylloma (Arequipa), y en toda el área quechua de los departamentos de Moquegua y Puno en el Perú y de La Paz en Bolivia. En la parte peruana 673 586 hablantes maternos.
1.3.2. El quechua de Cochabamba y de Chuquisaca-Potosí en Bolivia.
1.4. El quechua de Santiago del Estero (Argentina).

2. El quechua norteño

En tres subvariantes:

2.1. El ecuatoriano de la sierra. Del cual no hay cálculos censales, tentativamente podemos considerar un aproximado alrededor de los 2 millones de hablantes.

2.2. El quechua ferreñafano-cajamarquino. Hablado en los departamentos peruanos de Lambayeque y Cajamarca. 32 536 hablantes maternos

2.3. El quechua amazónico, hablado principalmente en las cuencas de los ríos Napo, Pastaza y Tigre del Perú y Ecuador. Incluimos en esta clasificación al quechua hablado en los departamentos peruanos de San Martín, Amazonas y Ucayali. En la parte peruana 18 730 hablantes maternos. A este grupo también pertenecería el ingano de Colombia.

3. El quechua Ancash-Yaru

Este quechua agrupa casi todas las hablas quechua del centro: departamentos de Ancash, Huánuco, Pasco, Junín y Lima con la excepción del quechua jauja-huanca. Las posibilidades de intercomprensión dentro de este grupo no son tan evidentes como en el caso del quechua sureño (Torero 1974:44-51). Cuenta con 695,888 hablantes maternos, todos ellos en el Perú. Se subdivide en dos grandes grupos:

3.1. El Ancash-Huánuco. Conformado por las subvariedades huaylas, conchucos y huamalíes; en los departamentos de Ancash y Huánuco (excepto en sus partes sureñas). 502 062 hablantes maternos, con importante población migrante en Lima, provincias del norte de Lima y en la selva alta de la cuenca del río Huallaga.

3.2. El quechua Yaru-Huánuco[13]. Hablado en las partes altas de las cuencas de los ríos Pativilca, Marañón y Huallaga, en las provincias sureñas de los departamentos de Ancash y Huánuco; en las provincias de Cajatambo y Oyón (Lima), en el departamento de Pasco y al norte del departamento de Junín. 193 273 hablantes maternos. En situación de extinción en la provincia de Oyón y en algunos distritos de los departamentos de Pasco y Junín, pero con una alta vitalidad en la cuenca del río Huallaga, en Huánuco.

4. El jauja-huanca

Que a su vez se subdividiría en jauja y huanca, hablado en las provincias de Jauja, Concepción, Chupaca y Huancayo. 52 788 hablantes maternos. En situación de extinción en el valle del Mantaro. Se mantiene con alta vitalidad en algunos distritos de las partes altas de Huancayo y Concepción.

El aimara

La población con aimara como lengua materna en el Perú es de 420 215 hablantes. En Bolivia la población que sabe aimara se considera superior al millón y medio lo que nos puede dar un total de más de 2 millones de aimara hablantes entre los dos países. El aimara, es tras el castellano y el quechua sureño, la lengua más hablada en los países andinos. Los estudios sobre su zonificación dialectal son todavía recientes y al parecer no comportarían una ubicación geográfica tan marcada como en el quechua (Cerrón-Palomino 1995b). En todo caso su diversificación es menor. La excepción sería el aimara central de la provincia de Yauyos, en situación de extinción. La vitalidad del aimara en las provincias sureñas es muy similar a la del quechua (sus Indices de Sustitución Lingüística son ligeramente mayores). En los departamentos de Moquegua y Tacna tiende a la extinción, con altos ISL (cf. Cerrón-Palomino 1995b).

La ecología de las lenguas andinas

En los últimos años diversos autores han desarrollado el concepto de ecología de las lenguas[14]. No es extraño que se hable de lenguas en extinción y que incluso se hagan paralelismos entre especies y lenguas. Sin embargo las lenguas no son seres vivos, dependen de sus hablantes. Es muy discutible una opinión popular acerca de que “las lenguas nacen, crecen, mueren...” aludiéndose a tantas lenguas extintas entre las que estaría el latín. Podemos decir que el latín no ha muerto, pervive en las lenguas romances contemporáneas que descienden de él. La extinción de una lengua no es una “ley de la naturaleza”. Menos aun cuando se trata de un etnocidio. Sin embargo la noción de ecología, nos es muy útil para analizar los fenómenos asociados a las lenguas. Las lenguas se insertan en milenarias experiencias culturales de sus hablantes. Los hablantes de las lenguas tratan de encontrar el mejor equilibro posible de acuerdo a sus intereses, deseos o a las presiones de que son objeto. En ese intento pueden desarrollar o limitar las funciones de las lenguas. Debemos distinguir entre dos tipos de fuerzas que afectan la ecología de las lenguas: “aquellas que afectan a los usuarios y las que influyen en los usos de las lenguas (...) Los factores que pueden incrementar el número de los usuarios nativos de una lengua incluyen las tasas de natalidad (hablantes jóvenes), endogamia, expansión territorial (a través de conquistas y/o colonias). Las fuerzas que pueden hacer disminuir el número de usuarios incluyen la reducción de sus poblaciones a causa de la guerra, el hambre, los desastres naturales, las enfermedades, el genocidio, la exogamia, la deportación, la emigración, la esclavitud y la falta de Estado. El incremento o descenso en el número de usos (funciones) de una lengua está relacionado con la aculturación (deculturación), el modernismo (tradicionalismo), el dinamismo cultural, el tipo de trabajo, la identidad cultural (lealtad a la lengua), estilo de vida, (urbana o rural), la política lingüística, el poder económico (bienestar o pobreza de los hablantes) y la inmigración.” (Mackey 1994:41-42).
Si bien nos parece discutible, al menos en el caso andino, la influencia del factor de “lealtad a la lengua” (ver más adelante), el recuento de Mackey nos ofrece un marco sumamente útil. Es apreciable que entre los factores que disminuyen el número de hablantes casi todos sean típicamente agresivos. Sólo en casos de genocidio o muertes masivas por enfermedades o epidemias han desaparecido abruptamente las lenguas. El fin del yidish en buena parte de Europa estuvo asociado al exterminio de sus hablantes en los campos de concentración nazis. No es fácil, en ausencia de procedimientos violentos, conseguir la extinción abrupta de lenguas. Lo que es comúnmente observable es que la extinción de lenguas, cuando sus hablantes son muy numerosos es un proceso que puede durar generaciones. No es raro que los procesos para conseguir la erradicación acelerada de lenguas estén acompañados de reacciones violentas. Pueblos que se han visto agredidos y amenazados de extinción han respondido también con violencia, como el caso de los vascos y los irlandeses. Los intentos de alteración abrupta de la ecología de las lenguas pueden crear serios desequilibrios.
En este marco general de ecología de lenguas es que pasaremos a analizar el comportamiento de las lenguas andinas. Partiendo de una retrospectiva histórica reciente (desde que contamos con datos censales) y utilizando un instrumento de medición que denominamos el Índice de Sustitución Lingüística (ISL).
A la luz de las cifras censales podemos anotar:
- Desde 1940 es perceptible un número total de hablantes de lenguas indígenas aproximadamente estable, con una tendencia a un ligero incremento.[15].
- Esta estabilidad en el número de hablantes contrasta con la explosión demográfica producida por lo que es muy notorio el descenso porcentual de hablantes.
- La disminución notoria de los hablantes monolingües de las lenguas indígenas (Pozzi-Escot 1987).
La estabilidad numérica se debe, en forma general o promediada, a que aumenta notoriamente la población y también el número de hablantes de algunas variedades (el quechua sureño) pero también disminuyen otras variedades[16] y los hijos de los migrantes ya no son hablantes. El promediado sigue apuntando a una estabilidad numérica o un ligero incremento de hablantes. La diferencia con la situación de décadas pasadas es que un porcentaje cada vez mayor de hablantes son migrantes en ciudades y que algunas variedades están extinguidas o próximas a estarlo.
La disminución de hablantes monolingües merece una lectura interpretativa. Según los censos del 81 en el Perú y del 92 en Bolivia hay un descenso casi drástico de población monolingüe. Sin embargo, sigue siendo alto entre la población femenina. De ser cierto el aumento de bilingües, y de acuerdo a las tendencias demostradas (Cerrón-Palomino 1995b) se produciría una disminución importante de hablantes y un tránsito más acelerado de lo que prevemos en este estudio hacia el monolingüismo castellano. Contrariamente pensamos que el número de bilingües es -muy probablemente- bastante inferior al que aparece en los censos. Muchas personas declaran que saben castellano cuando su conocimiento del mismo es aún bastante incipiente.
En el Perú, el comportamiento de los hablantes de quechua y aimara es bastante similar. Las situaciones generales que hemos establecido son:

1. Transición al castellano nula o casi nula

1.1. Situación rural tradicional, con porcentajes de monolingüismo altos especialmente entre mujeres y niños. Más del 80% de la población sabe quechua como lengua materna. El índice de sustitución no llega al 5% o incluso es negativo. La mayor parte de las comunidades rurales de los departamentos de la sierra sur peruana y de la sierra de Ancash y Huánuco se encuentran en esta situación. Es también en esas zonas donde se concentra el mayor número de hablantes de lenguas andinas. En cierta forma, puede decirse que el hecho de que en esta zona esté el mayor número de hablantes, aunado al bajo índice de sustitución y a la alta tasa de natalidad persistente garantiza la vigencia del quechua y el aimara las siguientes generaciones. Al margen de quien considere esto un alivio (será una riqueza cultural que no va a perderse fácilmente) o una desgracia (en la situación actual significa que millones de indígenas continuarán padeciendo de marginación ya que, si persisten en su manejo de lenguas andinas es por su bajo conocimiento de castellano que es causa de discriminación).

2. Transición al castellano baja o media

2.1. Situación rural con tendencia al bilingüismo. Entre el 60 y el 80% de la población tiene el quechua o el aimara como lengua materna. El bilingüismo de la población es bastante alto aunque menor entre las mujeres. Las capitales de los distritos están en su mayoría en esta situación. El índice de sustitución está entre el 5 y el 20%.

3. Transición al castellano media o media alta

3.1. Situación de alto bilingüismo. El porcentaje de hablantes vernáculos es, en general, alto y suele superar el 50%. Sin embargo entre la población de 5 a 14 años es siempre menor del 50%. El índice de sustitución está entre el 20 y el 40%. Las capitales de provincia o distrito en la sierra sur peruana y en pequeñas ciudades que superan los 30 mil habitantes es característica de esta situación.

3.2. Situación de colonización y/o frontera lingüística. El porcentaje de hablantes es a veces muy alto, pero siempre mucho menor entre la población de 5 a 14 años. El índice de sustitución varía entre el 30 y el 50%. Suele ser mayor en las zonas de selva. Por frontera lingüística entendemos la zona, donde predomina una lengua andina, situada en el límite de la región con predominio castellano. Por ejemplo la sierra de Arequipa, donde predomina el quechua, que está al límite de la sierra baja de Arequipa donde ya predomina el castellano.

4. Transición al castellano alta o muy alta

4.1. Situación donde los hablantes de lenguas andinas son migrantes en zonas que anteriormente (a principios de siglo) ya habían dejado de ser de predominio vernáculo hablante. El índice de sustitución en estas zonas suele variar entre el 60 y el 90%. Dicha oscilación no se debe a una supuesta lealtad lingüística sino a que el continuo flujo de migrantes, también niños entre 5 y 14 años, hace que en las estadísticas aparezca un porcentaje variable de hablantes de lenguas andinas también en este grupo de edad.

4.2. Situación de transición acelerada al castellano en zonas que hasta 1950 fueron de predominio vernácula hablante. La mayoría de las capitales departamentales de la sierra sur y algunas zonas de frontera se encuentran en esta situación. Son zonas donde hasta los años 50 existía un claro predominio de las lenguas andinas pero cuya presencia en la actualidad está en notorio declive. El índice de sustitución (ISL) suele estar entre el 50 y el 70%.


4.3. Situación de lengua en extinción. La mayor parte del territorio donde a inicios del presente siglo dominó el quechua central, en los departamentos de Junín y Cerro de Pasco, presenta ahora esta situación. Igual sucede con otras variantes de menor cantidad de hablantes. El índice de sustitución llega al 70% e incluso alcanza el 100%. Es remarcable que en situación de extinción la mayor parte de los hablantes maternos son mujeres de edad avanzada[17].


Sustitución de las lenguas andinas: ¿Acelerada o lenta?

Consideramos los criterios utilizados lo suficientemente objetivos para permitirnos adelantar cuál será la situación de las lenguas andinas en los siguientes 20 años aproximadamente contados desde el momento del Censo (hasta el 2013). En base a ello se podrá planificar las políticas de Estado de acuerdo a enfoques que permitan mejorar la calidad educativa en estas zonas.
Al enfrentarnos a los resultados censales normalmente suelen darse al menos dos actitudes opuestas. Por un lado, se arguye que no reflejan la realidad y el número de hablantes de lenguas indígenas es mucho mayor:
- Porque no toda la población rural ha sido censada (subnumeración censal)
- Porque buena parte de la población tiene vergüenza de declarar que sabe una lengua indígena o que su lengua materna es una lengua indígena.
Es cierto que existe subnumeración censal, pero creemos que afecta muy ligeramente los resultados generales. Las zonas alejadas y de difícil acceso tienen también una población muy reducida.
También es verosímil la posibilidad de que una persona declare que su lengua materna es castellano, cuando en verdad es quechua o aimara. Sin embargo este margen de error creemos que afecta a sólo un sector de la población. Sobre todo se daría entre la población menor de 20 años que vive en las ciudades o en zonas de predominio castellano. Por otro lado, en las zonas rurales tradicionales, donde con frecuencia entre el 80 y el 95% declara tener el quechua como lengua materna el margen de error posible es muy escaso. Finalmente, si bien estamos de acuerdo en que existe un margen de error (difícil de evaluar) es también muy significativo tener en cuenta lo que la población declara. Es decir, en caso de que no se declare la verdadera lengua materna, es importante consignar que esa población está ya actuando como si su lengua materna fuera el castellano.
De otro lado, se arguye que los datos del censo son ya “atrasados”, que el número de hablantes puede haber sido cierto en el momento del censo pero el “impulso de la modernización” es tan alto que dichos datos van a quedar desfasados rápidamente. Si bien esta crítica no se suele realizar en los foros académicos tiene mucha fuerza en las oficinas de los ministerios. Se basa generalmente en un conocimiento limitado o tendencioso de la realidad rural[18].
Es cierto que la pérdida de las lenguas andinas es bastante acelerada en capitales departamentales y provinciales, e incluso en algunas distritales. Pero la fuerte presencia de las lenguas andinas en extensos territorios rurales tradicionales haría que el proceso de sustitución lingüístico demore muchísimos años, en caso de continuar las mismas tendencias[19].
Podemos predecir que la pérdida de las lenguas andinas no va a ser ni tan rápida como los “modernizadores” quisieran ni tan lenta como los “conservacionistas” quisieran. Es innegable que existe un proceso de sustitución generalizado sin embargo las situaciones son muy diversas pudiendo variar entre un índice negativo (-5%) a un índice de sustitución total (100%). El índice promedio de sustitución lingüística a nivel de todo el Perú es del 20%, calculado mínimamente para los próximos 10 años. En ese mismo período habrá habido un crecimiento natural de la población quechua hablante del orden de un 25%.

Algunas precisiones sobre la lealtad lingüística

El Índice de Sustitución puede traducirse a interpretaciones que consideren que allí donde existe un índice negativo o muy bajo existe una alta lealtad lingüística, y allí donde el índice de sustitución es alto existe una baja lealtad lingüística. No coincidimos con esta apreciación. La lealtad involucra la idea de voluntad (de ser leal o de no serlo). En el caso de las lenguas andinas, si existe un bajo índice de sustitución no es porque la población decida seguir hablando el quechua o aimara, sino porque la mayoría de los padres (hombres y mujeres, pero sobre todo, las madres) no saben o saben poco castellano y porque las lenguas andinas son, en esos contextos, las lenguas dominantes (al menos en los contextos extraoficiales). La combinación de ambos factores hacen que se haya hablado de lealtad lingüística allí donde sería más apropiado hablar de situación de dominio de las lenguas andinas.
No es así en las ciudades. Se da el caso de padres migrantes que no dominan suficientemente el castellano, pero eso no impide que los niños tengan como lengua materna el castellano. Puede producirse una situación en que una madre habla a su hijo en quechua o aimara y su hijo contesta en castellano.
También es frecuente que padres bilingües -en zonas rurales tradicionales- hablen a sus hijos sólo en castellano pero consientan que sus hijos utilicen el quechua o el aimara con sus amigos de la comunidad. Son conscientes de que ésa es la lengua de comunicación principal en la zona y es importante aprenderla.
En una situación rural tradicional, donde la gran mayoría de la población tiene el quechua o el aimara como lengua materna (más del 80%) con escaso o casi nulo conocimiento del castellano podemos decir que las lenguas andinas son necesarias y vitales para la comunicación de la mayor parte de la población. El castellano, para la población indígena es una herramienta que se hace necesaria para la movilidad social, para comunicarse con el mundo occidental y oficial, para las comunicaciones escritas y para poder acceder a trabajos donde es necesario saber castellano (los no relacionados directamente a la agricultura generalmente). Pero lo ideal, por cierto, es ser bilingüe, hay muchas razones para aprender castellano y no las hay para dejar de hablar quechua (excepto si la migración a la ciudad es inminente).
En esa misma situación, un castellano hablante como lengua materna (un hijo de mestizos o un foráneo) tiene sobradas razones para aprender quechua o aimara. Su trabajo, la diversión o cualquier actividad que realice podrá hacerla mejor si aprende la lengua de comunicación principal de la zona. El aprender la lengua indígena muchas veces no es una necesidad (no lo despiden del trabajo por no hacerlo) pero sí puede ser conveniente para el logro de mayor eficacia en su trabajo. Un médico sabrá más de sus pacientes, un profesor se comunicará mejor con sus alumnos, etc. También para el castellano hablante como lengua materna lo ideal será ser bilingüe.
De hecho, los puestos de poder (alcaldes, funcionarios, profesores) en las zonas rurales tradicionales son ocupados en su mayor parte por bilingües, sean indígenas o mestizos.

¿Lealtad en declive o imposición del castellano?

En una situación de transición al castellano, por ejemplo en una capital distrital, la situación es otra. Se ha creado un espacio diferenciado de la población campesino-indígena. En esta situación no sólo la comunicación en el ámbito oficial, sino también la comunicación informal, se da ya en castellano. Entonces es cuando es posible pensar que la lengua indígena es prescindible y muchos padres prefieren ya que sus hijos no hablen la lengua indígena. Más aún cuando se piensa que éstos van a migrar a las ciudades, lo que es muy frecuente. El índice de sustitución en estas situaciones es explicable otra vez no por lealtad o ausencia de ella sino por la utilidad de la lengua.

¿Lealtad muy baja o marginación extrema?

En las ciudades, generalmente el saber quechua para un niño o un joven significa que queda manifiesto su origen indígena, con la carga peyorativa que el término conlleva en las ciudades. Para los niños y jóvenes de las ciudades no hay casi ninguna ventaja en el hecho de aprender una lengua indígena, y sí mucha ventaja en el hecho de negar, aun cuando la sepa, el conocer una lengua indígena. La ventaja es evitar la marginación. En muchas zonas rurales que fueron sometidas a intensos procesos de castellanización desde la escuela (cf. Cerrón-Palomino 1989) es una señal de atraso saber la lengua indígena.

El conocimiento de lenguas y el grado de bilingüismo

En el censo de 1993 en el Perú no hubo ninguna pregunta sobre el conocimiento de lenguas tal como sí la hubo en Bolivia. La única pregunta fue ¿Cuál es su lengua o dialecto materno aprendido en la niñez? Inversamente en Bolivia no se preguntó sobre la lengua materna, la pregunta fue ¿qué lengua o lenguas habla? Hubiera sido deseable conocer las respuestas a las dos preguntas en los dos países lo que nos hubiera permitido hacer comparaciones y complementos de mejor manera. A falta de ello, algunas consideraciones:
El alto monolingüismo en la zona rural tradicional. El mayor monolingüismo entre mujeres y niños.
En base a lo que preferimos llamar situaciones de predominio y/o marginación y al Índice de Sustitución Lingüístico podemos estimar que allí donde el índice de sustitución de las lenguas andinas es bajo o nulo existe un alto porcentaje de la población, especialmente entre las mujeres y niños, que no sabe castellano. Esto, aunado al predominio de la lengua indígena en la zona determina el bajo índice de sustitución. En Bolivia, en una situación rural tradicional- se tiene que el 51,5% es monolingüe en lengua indígena. Entre las mujeres el porcentaje de monolingüismo es del 61% (Albó 1995 tomo I:171). Estimamos que en el Perú obtendríamos parecido porcentaje.
En esa misma situación (rural tradicional), el porcentaje de niñas y mujeres jóvenes entre 10 y 19 años que ya sabe castellano, consignado en el censo boliviano es del 60%. Consideramos que es una cifra “inflada”. No dudamos de la veracidad del dato censal, pero creemos que la población ha respondido que sabe castellano, cuando el conocimiento de castellano que tiene es aun muy elemental. En el censo no aparece, evidentemente, cuánto de castellano sabe. En una situación rural tradicional, la mayoría de las niñas de esas edades, si bien sabe al menos lo elemental de la lecto-escritura, no dominan en forma suficiente el castellano[20]. Y tampoco los niños y los jóvenes varones de esas mismas edades. La escolaridad nos puede dar la ilusión de un cierto bilingüismo aparentemente muy difundido a esa edad. Ciertamente el conocimiento del castellano sólo se logra, a niveles de proficiencia regulares, cuando se ha pasado por una residencia al menos temporal en zonas castellano hablantes, es decir, después de haber migrado.

El bilingüismo en ascenso

En las zonas rurales cuyo índice de sustitución es mayor al 20% se debe en buena parte o bien a que el bilingüismo entre la población es mucho más alto o a la inmensa presión social para que los niños ya no hablen quechua.

Algunas razones para dejar la lengua materna

Para entender la situación de marginalidad de las lenguas andinas basta que escuchemos las razones que los mismos hablantes dan para no enseñarlas a sus hijos[21]. La mayoría aluden a la situación de discriminación de la que los padres han sido objeto. Las madres y los padres de los niños esperan que no transmitiendo la lengua sus hijos tengan mejor suerte que ellos en eludir la marginación. No es la vergüenza, al menos en una primera instancia, la causa principal del abandono o de la no transmisión generacional de la lengua. Es una razón mucho más práctica. Tiempo después, cuando la lengua ya está en proceso de extinción, ciertamente -entre los pocos que la siguen hablando- hay cierta vergüenza de reconocerse como hablantes de la lengua “casi extinta”. La vergüenza está en relación directa a que el mantener la lengua, es decir, no haberse sumado al abandono generalizado de la lengua, significa también ser “los más pobres”, “los más atrasados”, “los más incivilizados”, “de la misma condición que las mujeres mayores”; en fin, “los más indios”.

Las lenguas amazónicas y el ISL

Las lenguas amazónicas más habladas en el Perú son:
- El aguaruna y el asháninka con más de 30 mil hablantes
- El quechua amazónico y el shipibo con más de 10 mil hablantes
- El chayahuita, machiguenga y huambisa con más de 4 mil hablantes
El comportamiento con respecto a su respectivo ISL es muy diverso entre las diversas lenguas e incluso al interior de las lenguas mismas. Sin embargo, en forma general tienen un ISL mucho más bajo que las lenguas andinas y en muchos casos es negativo. Hay tendencia al incremento de hablantes incluso en términos porcentuales. Se ha detectado la misma situación en Bolivia y se ha atribuido a una mejora en los procedimientos censales, ya que “resulta poco creíble que las lenguas más marginadas tiendan a aumentar” (Albó 1995).
Si tenemos en cuenta que las tasas de natalidad son incluso más altas entre los pueblos amazónicos que en las zonas andinas y que las tasas de migración son más bajas[22] no es sorprendente que la tendencia sea de aumento porcentual de hablantes de lenguas amazónicas.
Si además tomamos en cuenta factores históricos (colonización reciente en algunos casos), culturales (identidad indígena), prácticos (utilidad de la lengua para la cohesión interna y la defensa del grupo frente a la colonización), comunicación fuera del grupo (no tan frecuente como en el caso de las lenguas andinas), entonces nos parecerá mucho menos extraño el referido aumento.
No se observa el mismo comportamiento en todas las lenguas y ni siquiera al interior de algunas de ellas. Los ISL más altos se encuentra entre los quechuas amazónicos o lamistas del departamento de San Martín, una zona de colonización temprana y entre los amuesha de la provincia de Oxapampa (Pasco).
El ISL entre los asháninkas[23] es muy similar al de las lenguas andinas en las situaciones de 1 a 3 (ver arriba). Entre los grupos asháninkas más próximos a áreas de colonización existe un índice de sustitución medio o medio alto. Los grupos asháninkas más alejados tienen en cambio un ISL negativo o muy bajo.
El chayahuita y el machiguenga, no tan alejados de zonas de colonización, tienen ISLs bajos. Entre los asháninkas y machiguengas, próximos a zonas de alto predominio quechua, el ISL es en algunos casos[24], en favor del quechua y no del castellano.
El shipibo, a pesar de no estar alejado de zonas de colonización tiene un ISL bajo o negativo. La cohesión social en el grupo es muy fuerte y necesaria para la defensa de sus territorios.
Los aguarunas, huambisas y quechua amazónicos de la selva más septentrional, muy alejados de zonas de colonización, tienen en general ISLs negativos.

La identidad étnica entre los indígenas amazónicos

Entre los pueblos amazónicos en general el uso del término indígena es bastante aceptado o reivindicado especialmente por sus dirigentes. Es de notar que por ser indígenas en el Perú los pueblos amazónicos tienen derecho al reconocimiento legal por parte del Estado de sus territorios. Territorios siempre amenazados por colonizaciones provenientes de la sierra.
También en Ecuador, la organización indígena CONAIE[25] desarrolló a fines de los 80 y principios de los 90 luchas por la recuperación de tierras indígenas en la sierra ecuatoriana. También obtuvo el reconocimiento por parte del Estado ecuatoriano del derecho a tener una educación propia.
Por ser indígenas se pueden obtener ventajas políticas.
Sin embargo, entre los campesinos de la sierra peruana el ser indígena no parece que conlleve ventajas y sí muchos inconvenientes. La aspiración es ser un ciudadano más con todos los derechos y es posible conquistar esos derechos porque son la mayoría de la población. Si para ello hay que pagar el precio de dejar la lengua y determinados signos que marquen la condición indígena parece que están dispuestos a pagarlo.

Conclusiones

Hemos analizado diversos factores que conducen a que las lenguas andinas y/o amazónicas tiendan a su mantenimiento o a su sustitución. Esta sustitución o pérdida de la lengua puede ser más o menos acelerada. Entre los muchos factores que pueden incidir en ello tenemos en cuenta los siguientes:
- Herencia histórica, lengua o lenguas anteriormente habladas, herencia étnica del grupo.
- Aislamiento, no sólo geográfico, sino principalmente cultural, es decir grado de funcionamiento autónomo de la cultura.
- Grado de utilidad política de la identidad étnica.
- Grado de pobreza.
- Utilidades sociales del conocimiento o desconocimiento de lenguas (acceso al poder que da el conocimiento o desconocimiento de una lengua).
- Situación de frontera (colonización).
- Ambiente ecológico (altitud, sierra, selva, costa).
- Grado de marginación por la condición indígena.
- Cohesión social necesaria al interior del grupo (defensa del territorio, defensa frente a la colonización, mantenimiento de la religiosidad o religión, utilidad comercial).
- Asociación lengua - cultura (lenguas en las que pueden darse o se dan las culturas).
- Integración al mercado.
- Migración a zona castellano hablante.
Intencionalmente hemos dejado de lado el grado de “lealtad” a la lengua. Asumimos la hipótesis de que todos queremos mantener nuestras respectivas lenguas maternas. Sin embargo, las condiciones sociales, culturales, los ambientes ecológicos, lingüísticos, etc., en las que nos desenvolvemos tendrán una influencia -decisiva en algunos casos- en nuestra resolución de enseñarla a nuestros hijos. El nivel de mantenimiento o pérdida de una lengua obedecería, así, a la utilidad que sus hablantes encuentren en mantenerla o abandonarla.
En los próximos años, deduciendo del índice de crecimiento natural de las zonas quechua hablantes (de un 25%[26] al menos en zonas rurales en los próximos 10 años) el ISL (20% en el mismo período) podemos calcular que el número absoluto de hablantes quechuas aumentará aproximadamente en un 5%. Sin embargo, algunas variedades estarán casi totalmente extintas y el aumento de hablantes será de las variedades más habladas y, sobre todo, en el número de hablantes entre la población migrante. En algunas zonas rurales tradicionales habrá una leve disminución y una tendencia (menos acentuada que lo que reflejan las estadísticas) al incremento del bilingüismo, sin embargo el número de hablantes se mantendrá bastante estable. Esta estabilidad se traducirá en una sensible disminución porcentual pasando del 16,6% que fue en 1993 a un 13 a 15% en caso que se realice el próximo censo en el año 2005, lo que significa que el número de hablantes maternos de quechua superará los 3 millones y medio. En el caso del aimara la situación será parecida a pesar del que el ISL es ligeramente más alto que en el caso del quechua. Las lenguas amazónicas tendrán un comportamiento muy diferenciado, tendiendo a aumentar su número de hablantes incluso proporcionalmente en el caso de algunas lenguas como el aguaruna; a disminuir acentuadamente otras (como el amuesha,) y a extinguirse algunas de las lenguas que cuentan apenas con unos pocos cientos de hablantes.

[1] Si bien faltan estudios del castellano hablado en zonas como el antiguo Arzobispado de Trujillo, donde la lengua extinta es el culli. En cuanto a la toponimia sí sería evidente el sustrato (Torero 1989), pero es presumible también en otros rasgos de la lengua hablada aún no estudiados.
[2] Para ello resulta interesante la lectura del texto sobre cultura aimara de Domingo Llanque (1990). Prácticamente todo lo mencionado por el padre Llanque como característico de lo aimara es también característico de las poblaciones quechua hablantes.
[3] Para la zona del norte de Potosí cf. Howard-Malverde 1995.
[4] Pozzi-Escot 1987.
[5] Un caso muy conocido es el del alemán y holandés. Existe un dialecto alemán hablado en la zona próxima a Holanda que es muy parecido al holandés. Lingüísticamente se podría decir que es la misma lengua, sin embargo prima el criterio político: uno de ellos será un dialecto alemán y el otro holandés, es decir dos lenguas diferentes. Al parecer, el euskera presenta importantes variaciones dialectales, variaciones que por importante que sean no justificarían, para la mayoría de los vascos, una división de la lengua.
[6] La apreciación y valoración de esas variaciones sí necesitan conjugarse con una apreciación lingüística. Los hablantes juzgan las variaciones de manera muy diversa, dependiendo de dónde se encuentren (en Cuzco o Lima por ejemplo), del contacto de los hablantes entre sí, y hasta, podríamos decir, de su particular habilidad lingüística, entre otros factores.
[7] Quizás los únicos casos en que habría cierto consenso de considerar dos lenguas próximas pero diferentes serían los del quechua central y el sureño. (Solís-Chacón 1989, Parker 1976).
[8] Al decir total nos referimos incluso a la población de 0 a 4 años. En adelante, todas las cifras que daremos de hablantes por variedades quechuas son estimados en base a los resultados censales entre la población con lengua materna quechua de 5 años y más y las cifras de migración del mismo censo. Para no ser reiterativos nos referiremos simplemente a “hablantes maternos”.
[9] En las provincias de Abancay, Aymaraes, Antabamba consideramos que se habla un quechua mixto entre las variedades ayacuchana y cuzqueña, con algunas características propias. Es significativo que a los profesores de Educación Bilingüe Intercultural de esas provincias les haya sido difícil decidir si adoptaban los textos -que produce el Ministerio de Educación- para el quechua cuzqueño o para el quechua ayacuchano. Finalmente, por un criterio práctico (ahorrarse la escritura de aspiradas y glotalizadas) optaron por el uso de los textos para la variedad ayacuchana (comunicación personal de Oscar Chávez, especialista de la Unidad de Educación Bilingüe Intercultural UNEBI del Ministerio de Educación).
[10] Por la incidencia de la guerra interna (1980-1994) los departamentos de habla ayacuchana experimentaron una migración muy alta. Ayacucho fue el único departamento que experimentó un descenso poblacional en ese período.
[11] Ver nota anterior.
[12] Habitualmente se ha clasificado como quechua cuzqueño o cuzqueño-boliviano a los dialectos que usan la oclusivas aspiradas y glotalizadas. Este criterio agruparía a las variedades habladas desde Cuzco hacia el sur incluyendo todo Bolivia. Considero, sin embargo que es un criterio de clasificación insuficiente desde el punto de vista de la intercomprensión, especialmente en el caso del quechua sureño. La diversidad o similitud entre diversas variantes tiene que ver con múltiples criterios de los cuales el fonológico suele ser un componente no siempre decisivo. Proponemos 3 subvariedades dentro del quechua sureño: ayacuchano-chanca (Soto 1976), cuzqueño y collavino (Cerrón-Palomino 1994). El criterio para la clasificación de estas subvariedades excede lo meramente fonológico. Son determinantes la mutua inteligibilidad y los lazos históricos y comerciales que tiene las zonas entre sí, y que son la causa de dicha inteligibilidad mayor al interior de cada una de ellas. Como isoglosas consideramos diferencias léxicas, morfológicas y fonológicas. Son las diferencias léxicas las que más influyen en la mutua intercomprensión y las fonológicas las que menos lo hacen (en el caso particular del quechua sureño). Entre el quechua cuzqueño y ayacuchano no hay apenas diferencias morfológicas pero sí léxicas y fonológicas. Existe abundante léxico cuzqueño con presencia de aspiradas y glotalizadas que no es conocido por las variantes ayacuchanas. Al mismo tiempo las variantes ayacuchanas hacen uso de un léxico común con el antiguo quechua general que es desconocido por las variedades más sureñas. Entre el cuzqueño y el collavino no hay diferencias fonológicas aparentes, pero sí léxicas y morfológicas; fundamentalmente el collavino se caracteriza por el abundante uso de léxico y morfemas aimaras (cf. Chirinos-Maque 1996). Además, por supuesto, hay toda una serie de localismos en cada una de las respectivas variedades.

Fronteras lingüísticas y ejes intra e interdialectales
No existe una frontera lingüística clara entre el cuzqueño y el ayacuchano, dada la zona de transición entre ambos que corresponde a algunas hablas de Apurímac. Existe un circuito de comunicación entre los diferentes áreas del ayacuchano que tiene como eje a las ciudades de Ayacucho, Huanta, Huancavelica, Andahuaylas y algo más marginalmente Coracora y Puquio (donde la castellanización es más avanzada). Andahuaylas adicionalmente conecta con Abancay y es el vínculo principal con el quechua cuzqueño. Las cuencas de los ríos Pampas y Mantaro (desde Huancavelica) son los ejes agrupadores principales de este dialecto. Para el quechua cuzqueño, el eje estaría conformado por las ciudades de Quillabamba (con la castellanización más intensa del departamento), Abancay, Cuzco, y Sicuani. La cuenca del río Vilcanota y las amplias zonas entre el Vilcanota y el Apurímac por un lado y el Vilcanota y la ceja de selva por otro configuran el área cuzqueña. Sicuani es la ciudad que conecta con el eje puneño-collavino. Los puntos de migración para este quechua se reparten entre la selva colindante, Cuzco, Lima, Arequipa y la costa sur del Perú.
El eje collavino está constituido por las ciudades de Yauri, Ayaviri, Azángaro, Juliaca, Puno, Huancané (que tiene predominio aimara pero importante presencia quechua) y Apolo en Bolivia. Juliaca, por su gran dinamismo irradia hasta Sicuani, Yauri y Arequipa. El punto principal de migración de este grupo es Arequipa en el lado peruano y La Paz en Bolivia. Para las variantes de Cochabamba y Chuquisaca-Potosí nos remitimos a Albó 1995.
[13] En este y en todos las menciones a los quechuas del centro del Perú seguimos la clasificación y terminología propuestas por Torero (1974).
[14] Mackey (1994:39), para el caso de la historia del quechua sureño Mannheim (1991).
[15] El Perú no sería el único caso. Llama la atención la similitud de la situación sociolingüística peruana con la mexicana especialmente Lastra 1992. En el caso peruano me sorprendí de comprobar que los estimados de hablantes para las variedades de quechua coinciden casi exactamente con los datos de Torero 1974. Aunque Torero hace mención a cifras de hablantes y los datos del 93 son referidos a hablantes maternos, por lo que es de suponer un incremnto. El mayor ioncremento de hablante afectaría al quechua sureño.
[16] En 1940 el quechua jauja-huanca habría tenido casi 90 000 hablantes (Cerrón-Palomino 1989), en la actualidad estaría en el orden de los 50 000, con tendencia a una disminución mayor (ver arriba).
[17] El quechua de la provincia de Oyón por ejemplo. Del total de hablantes maternos el 58% eran mujeres y el 27% tenía -en 1993- 65 años o más. Al sur de la provincia de Yauyos la situación es parecida: 59% mujeres, 26% de 65 años y más. En caso de extinción más avanzados como el distrito de Quinjalca en el departamento de Amazonas el 84% de los hablantes eran mujeres y también el 84% tenía 65 años o más.
[18] Al respecto anotamos que el 90% de los castellano hablantes como lengua materna censados en 1993, viven en distritos donde -por lo menos- el 80% tiene castellano como lengua materna. Es decir, no es de extrañar que la percepción de la realidad multilingüe peruana sea bastante lejana para la mayoría de castellano hablantes. Por otra parte, entre los hablantes maternos de lenguas nativas, sólo el 40% vive en distritos donde el 80% o más son hablantes de lenguas nativas.
[19] La intensa pérdida del quechua huanca está documentada desde mitad de siglo (Cerrón-Palomino 1989). En los años setenta se llamaba la atención sobre el “acelelerado” proceso de sustitución del quechua huanca (Torero 1974). En 1993 consideramos que el proceso de extinción está casi concluido en el valle del Mantaro. Sin embargo, en las zonas altas se mantiene un importante número de hablantes huancas. El ejemplo es ilustrativo de lo que puede ocurrir con una campaña castellanizadora concertada, en una zona integrada al mercado, con importantes vías de comunicación y siendo el huanca un caso particular de un dialecto con bajo prestigio dentro de la familia quechua. Han pasado más de 50 años y se ha logrado sólo un éxito parcial.
[20] No tenemos disponemos de instrumentos especializados para medir ese insuficiente conocimiento de castellano. Sin embargo el fracaso escolar de niñas y niños procedentes de escuelas rurales cuando ingresan a una escuela urbana es un indicador aproximado. Para esta afirmación me baso en buena parte en mi conocimiento sobre el terreno de muchas escuelas rurales de Caylloma (Arequipa), Cotabambas (Apurímac), Anta, Paruro y Chumbivilcas (Cuzco) entre 1987 y 1998, así como en la experiencia del Programa de EBI del CADEP “JMA” del Cuzco..
[21]En los años 1986, 87 y 88 pasé largas temporadas en Chivay y otros pueblos del valle del Colca. Pude apreciar que madres jóvenes de 25 años con incipiente conocimiento de castellano ya no hablaban quechua con sus hijos. Cuando pregunté por qué no hablaban me dijeron que no era conveniente que los niños supieran quechua porque iban a ser maltratados, por ejemplo, citaron que cuando tuvieran que hacer un reclamo en el puesto policial se iban a burlar, los iban a maltratar o no les iban a hacer caso si es que hablaban quechua. A mi insistencia de por qué no podían aprender los dos idiomas me dijeron que tampoco era conveniente porque según su experiencia si un niño hablaba quechua “le iba a salir el mote” cuando hablara castellano, es decir iba a confundir las vocales i-e u-o y por tanto iba a ser objeto de discriminación. En esos años era raro encontrar una persona mayor de 15 años que no supiera hablar quechua. Consecuentemente, en 1995, durante otra visita a Chivay, aprecié que la mayoría de los jóvenes ya no hablaba quechua. La decisión colectiva de abandonar el quechua data de los años de la llegada de gran número de trabajadores de otros lugares del Perú para trabajar en el proyecto de irrigación de Majes. Esos años se produjo un fuerte “shock” cultural en la zona que convenció a la población que hablar quechua estaba acompañado de graves desventajas sociales.
[22] En realidad suponemos que las tasas de migración entre los pueblos amazónicos son más bajas que entre los pueblos andinos. No encontramos muchos hablantes de lengua nativa en Iquitos por ejemplo. Sin embargo, sí en Yurimaguas, aunque en una proporción que nos hace suponer que la migración es efectivamente más baja que en las zonas andinas. Una excepción importante para la que careceríamos de información suficiente pueden ser algunos pueblos amazónicos con antiguo contacto colonial, como los cocama-cocamilla.
[23] El asháninka es la lengua amazónica más extendida en la selva peruana. El grupo indígena asháninka es también uno de los grupos que más sufre la invasión de sus territorios por colonos procedentes de zonas andinas. En la guerra interna reciente padeció de un ataque constante por parte de Sendero Luminoso. Los asháninkas eran reclutados de manera forzosa y son cuantiosos los testimonios sobre asesinatos masivos cometidos contra ellos por los senderistas.
[24] Es el caso sobre todo de los asháninkas en el distrito de Sivia, Ayacucho.
[25] Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador.
[26] Las tasas de natalidad se mantienen muy altas en zonas tradicionales andinas: 3,1% anual en Apurímac, 3,6% en Huancavelica para el período 1995-2000 (Webb-Fernández 1997). Si a ello le deducimos las tasas de mortalidad el crecimiento anual natural debe situarse al menos un 2,5% en promedio. Ciertamente, la tendencia es hacia una disminución pero aun así en zonas rurales las tasas de natalidad seguirán siendo superiores al promedio nacional.

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